La crueldad de los mataderos, documentada por un fotoperiodista Peruano

 

ABC Earth presenta el relato de Hugo Curotto, un fotoperiodista Peruano que documento lo que para muchos es repudiable, pero, que para otros es un trabajo honesto, además de ser la única fuente de ingresos con la que mantienen a sus familias.

La tristeza se puede notar en las miradas de los animales; varios perciben la muerte y a paso lento y con la cabeza agachada avanzan a su fin; mientras tanto otros por naturaleza intentan escapar, pero lastimosamente no pueden.

 

RELATO

 

 

Ya es de madrugada y volví al “camal” (matadero). El señor de seguridad me dejó pasar sin problemas y el supervisor no se encuentra.

Aquel lugar estaba muy oscuro, mientras los cerdos iban saliendo a patadas y empujones. Decidí apoyarme con una luz LED que tengo en el bolsillo y la puse sobre mi cámara. “Empezó la masacre”, pensé.

 

©Hugo Curotto

La muerte de los cerdos es muy ruidosa, pues no hay coordinación como con las vacas. Algunos corretean a sus chanchos y los jalan de las orejas o de las patas. Los animales tropiezan y una vez derribados son apuñalados a la altura de la axila. 

 

©Hugo Curotto


Los gritos son desesperantes y ensordecedores. La sangre sale a presión por ese agujero y encima los pisan, al igual que con las vacas, para que la sangre salga más rápido. Les arrojan baldes de agua fresca, según ellos, para que “se relajen” en medio de su agonía. 

 

©Hugo Curotto

 


La segunda parte consiste en sacarles el pelaje, raspándolos con el cuchillo y dejándoles remojando en un balde con agua hirviendo. Luego, los abren por el medio para extraer sus órganos y colocarlos en baldes sucios.

 

©Hugo Curotto


En medio de todo esto, llegó una señora, se llevó las tripas e intestinos para un cuarto no muy lejos del lugar. No sabía si seguirla y arriesgar a que me saquen del camal, ya que todos estaban pendientes de lo que hacía y seguro se sorprenderían de que desaparezca y luego retorne. 

 

©Hugo Curotto


Me animé y la seguí al cuarto. Había tres mesas de mayólica blanca llenas de tripas, intestinos, entre otras vísceras más. Me quedé un rato porque mi presencia era incómoda. Salí silenciosamente y me percaté que había otro espacio al frente donde colgaban los chanchos ya descuartizados en unos ganchos.
Al asomarme, me choqué con un trabajador y me dijo: “el cuarto ya se está llenando”. Le pregunte su edad, me respondió: “17”. Luego le consulté si es que no le desesperaba ese trabajo, llenos de gritos y sangre. El me respondió con la cabeza baja: “qué hago, tengo que comer”.


Los gritos no cesaban y pensé que ya era suficiente.

 

Nuestro equipo contacto a Hugo Curotto, con el fin de conocer el propósito de sus series fotográficas. “Espero algún cambio en esas matanzas crueles, se que nunca va a parar pero al menos pueden buscar otra forma menos cruel . La carne que comemos no sabemos de donde fue criada, deberían tener algún tipo de marca para poder identificar si es de un clandestino o de una empresa formal” dijo a ABC Earth.